
MI MUERTE CHIQUITA…
Por Farhid Cime Ojeda.
Nadie sabe como referirse a ella exactamente, algunos lo hacen con miedo, otros con devoción, otros simplemente se limitan a nunca mencionarla, pero la verdad es que tarde o temprano a todos nos tocara el turno de bailar con esa flaquita…
Para mi es solo una chamaca, bueno, ni tan chamaca, caprichosa, que por azahares del destino o de quien sabe quien le tocó ser la encargada de la molesta tarea de venir por nosotros, agarrarnos de la manita y llevarnos a donde debemos estar. Cada uno de nosotros debe interpretar eso de la manera en la que más le acomode, ya que no quisiera ser el culpable de mortificaciones prematuras.
A diferencia de otras culturas, nosotros los mexicanos tenemos la inmensa fortuna, o descaro, de celebrar a la muerte desde el momento en que se lleva a alguien, en mi tierra se le hace una especie de desfile, si bien, un poco fúnebre, con automóviles de color negro y extremadamente lujosos, claro esta, provistos por la agencia funeraria, ya que valga la redundancia, el muertito no tenia ni en que caerse muerto y como se fue sin avisar ni planear les dejo el asunto de sus funerales a los parientes mas cercanos y uno que otro chismoso que por querer saber de que se nos fue le toco poner el café y las galletitas en la fiesta que se ofrece en el hogar del ahora occiso. Lo cual me hace pensar en que aun cuando nos vamos de este mundo, seguimos siendo hipócritas.
En los casos en los que el potencial económico no es tan fuerte, quien sabe como se hace, pero después de enterrar al “maistro" , todos los presentes en tal ocasión recibirán uno o dos tamalitos de hoja, junto con cuantos vasos de atolito caliente puedan consumir, aunque después de dicho banquete se vean en la penosa necesidad de irse a tomar unas aguas bravas para poder bajar la comida, olvidándose del maistro caído, aunque en realidad nunca lo hayan conocido.
Lo cual nos lleva a la increíble ocasión de socializar que es el deceso de alguna persona, no importa si se le quería o no y mucho menos si era respetable o de dudosa profesión.
Siempre podremos encontrar en los funerales a primos que no se conocía, tíos y tías que te abrazan con una fuerza descomunal profiriéndote los mas sentidos pésames por el fallecimiento de tu tío abuelo Eupidio, al cual solo viste una ves en tu vida y fue cuando tenias once meses de nacido. Peor aun seria el penoso caso en el que te podrías encontrar intimando con alguien del sexo opuesto que te ha atraído y de pronto tu querida tía Eufemia se te acerca para ver con extremo gusto que ya conoces a tu media hermana, hija de la casa chica, que el difunto de tu padre mantuvo hasta ese mismo día de su muerte.
Además de todos estos inconvenientes, una vez pasados los tiempos de rigor para llorar y sollozar por el difunto (a), empiezan las vueltas a la oficina del notario, del abogado, de nuevo al notario y una vez mas al abogado, todo con el afán de recibir la cuantiosa herencia, e inclusive seriamos capaces de destripar a quien intente arrebatar lo que por haber pasado a regañadientes los últimos tres meses de vida con el abuelo.
Llega el gran día de la repartición de la herencia, todos van vestidos con sus mejores galas, y la cara más sobriamente posible, ya que es muy propio demostrar el dolo que ha dejado la partida de quien sabe quien.
Se atiende con regocijo interno que a tu primo le toco el reloj de pared, que a tu tía solo le toca un viejo piano mal a finado, llega el gran momento, van a decir que te toca a ti, todo lo feo ha sido repartido entre tus consanguíneos, solo queda la casa en Lomas del Ahuehuete y el Cadillac del año que el abuelo alcanzo a comprar con parte de su jubilación. Parece que vas a sonreír, evitas hacerlo, todos te miran, el notario pronuncia tu nombre y te dice que a ti te toca solamente el perro de la casa, ya que como fuiste el que mas tiempo paso con el abuelo, el decidió dejarte a su mas fiel fiel amigo. En cambio al estùpido de tu primo, patán y desobligado le dejo la casa junto con el auto, ya que son cosas materiales y esas no perduran.
Después de estas breves reflexiones solo queda preguntarnos si la muerte es para nosotros un miedo, una necesidad, o simplemente un medio económico para salir de deudas…
















